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Del «qué suerte, tres meses de vacaciones» al primer día de clase: el trabajo docente que casi nunca se ve

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DEL «QUÉ SUERTE, TRES MESES DE VACACIONES» AL PRIMER DÍA DE CLASE: EL TRABAJO DOCENTE QUE CASI NUNCA SE VE

Cada verano reaparece la idea de que las y los docentes disfrutan de «tres meses de vacaciones». Sin embargo, pocas personas se preguntan cuándo se preparan las programaciones, cómo se incorporan los cambios curriculares, la nueva evidencia científica o la formación permanente, o por qué las adaptaciones al alumnado continúan evolucionando durante todo el curso. Este artículo reflexiona sobre esa parte menos visible de la docencia en Educación Física y muestra que el trabajo docente comienza mucho antes del primer día de clase y no termina cuando el alumnado abandona el gimnasio..

 

Hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque nadie se detiene demasiado a pensar en ellas. Una de las más habituales aparece cada verano, cuando alguien descubre que un docente ya ha terminado las clases: «Qué suerte, tres meses de vacaciones».

Es un comentario casi automático. Y, sin embargo, basta con alargar un poco la conversación para que aparezca una contradicción curiosa. Esa misma persona da por hecho que, cuando llegue septiembre, todo estará preparado: la programación didáctica, las primeras situaciones de aprendizaje, los criterios de evaluación, los materiales, la organización de los espacios, las reuniones de coordinación... Nunca pregunta cuándo ha dado tiempo a hacer todo eso. Como si el curso se preparara solo.

La realidad es bastante distinta. El calendario del alumnado y el calendario del trabajo docente nunca han coincidido exactamente. Cuando terminan las clases, desaparece una parte muy importante del trabajo, la que se desarrolla con el alumnado delante. Pero permanece otra igual de necesaria: la que permite que el siguiente curso exista antes de que llegue el primer día de clase.

La programación didáctica no aparece por generación espontánea durante el verano. Es el resultado de muchas decisiones que requieren tiempo y reflexión. Algunas nacen de la experiencia del curso que acaba de terminar: una progresión que conviene reorganizar, una actividad que funcionó especialmente bien o una secuencia de aprendizaje que merece replantearse porque no produjo los resultados esperados. Otras responden a circunstancias completamente distintas. Puede haberse aprobado un nuevo currículo o que el departamento haya decidido impulsar un enfoque metodológico diferente. También es posible que un curso de actualización, una lectura reciente o la publicación de nueva evidencia científica sobre actividad física, aprendizaje motor o promoción de la salud abran nuevas posibilidades que merezcan incorporarse a las clases.

Porque la Educación Física tampoco permanece quieta. Lo que hoy sabemos sobre desarrollo motor, alfabetización física, ejercicio físico para la salud, inclusión, bienestar emocional o evaluación del aprendizaje no es exactamente lo mismo que conocíamos hace diez o quince años. Un buen docente no prepara un curso repitiendo el anterior; lo reconstruye a la luz de lo que ha aprendido y de lo que desde las disciplinas vinculadas a la Educación Física se ha seguido aprendiendo. Esa actualización no suele hacerse entre clase y clase. Requiere estudiar, contrastar, seleccionar y decidir qué merece realmente la pena llevar al aula.

Sin embargo, sería un error pensar que ese trabajo termina cuando empieza septiembre. En realidad, ocurre justo lo contrario. La programación deja de ser un documento para convertirse en un instrumento vivo. Hay grupos que avanzan más deprisa de lo previsto y otros que necesitan más tiempo. Una actividad que funcionó perfectamente con un curso no produce el mismo efecto con el siguiente. La disponibilidad de los espacios cambia, aparecen proyectos de centro, se reorganizan horarios o surgen oportunidades para trabajar conjuntamente con otras materias. Lo que parecía definitivo en agosto empieza a ajustarse desde las primeras semanas de clase.

Las adaptaciones son probablemente el mejor ejemplo de esa revisión permanente. Algunas pueden anticiparse porque el centro ya conoce determinadas necesidades específicas de apoyo educativo o porque existe información del equipo docente del curso anterior. Pero muchas otras solo aparecen cuando el alumnado empieza a aprender, a relacionarse y a moverse. Hay quien necesita otra forma de comprender una tarea, quien requiere más tiempo para adquirir una habilidad motriz, quien pierde la confianza al compararse con el grupo o quien participa mucho mejor cuando cambia la composición de los equipos. En otras ocasiones, una adaptación prevista en septiembre deja de ser necesaria porque el alumno o la alumna ha progresado más de lo esperado, o resulta insuficiente y obliga a buscar nuevas respuestas. Observar esas situaciones, interpretarlas y decidir cómo intervenir forma parte del trabajo docente, aunque muchas de esas decisiones se tomen cuando la pista ya está vacía.

Y ahí aparece otra realidad poco visible. Buena parte de ese trabajo no se realiza durante la clase, ni siquiera siempre dentro del centro educativo. Muchas decisiones se toman al terminar la jornada, revisando cómo ha respondido un grupo, modificando la sesión del día siguiente, buscando nuevas propuestas para un contenido que no está dando el resultado esperado o incorporando una idea surgida tras una actividad de formación. Son horas que raramente aparecen en el horario, pero que terminan reflejándose en algo tan sencillo como que una clase funcione con naturalidad.

Quizá por eso la frase de los «tres meses de vacaciones» resulta tan llamativa. No porque las y los docentes no tengan derecho al descanso, que lo tienen y lo necesitan, sino porque transmite la idea de que el trabajo empieza cuando entra el alumnado en el gimnasio y termina cuando salen. Basta detenerse un momento a pensar de dónde sale todo lo que ya está preparado el primer día de septiembre y en cuántas decisiones siguen tomándose durante el resto del curso para comprender que ese calendario nunca ha sido exactamente así. Las clases ocupan una parte esencial de la actividad profesional, pero no la agotan. Como ocurre con casi todo aquello que está bien hecho, una parte importante del trabajo sucede cuando nadie la está viendo.

 

 


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