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La otra planificación de la preparación física: decidir qué medir, qué no medir y por qué

 

LA OTRA PLANIFICACIÓN DE LA PREPARACIÓN FÍSICA: DECIDIR QUÉ MEDIR, QUÉ NO MEDIR Y POR QUÉ

Cada pretemporada pone el foco en la preparación física, la planificación del entrenamiento y las primeras evaluaciones del rendimiento. Sin embargo, una parte esencial de ese trabajo permanece casi siempre invisible: decidir qué medir, qué no medir y con qué finalidad. Este artículo reflexiona sobre cómo la evolución tecnológica y científica ha transformado la valoración de la condición física, hasta convertir la selección e interpretación de la información en una competencia clave para adaptar el entrenamiento. Un reto que exige el conocimiento especializado propio de las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.

 

 

Cada verano, la preparación física adquiere un protagonismo que rara vez conserva durante el resto de la temporada. Los medios muestran las primeras carreras, las sesiones de fuerza, los trabajos con balón, los controles médicos y los dispositivos que acompañan a las y los deportistas sobre el campo. Quien sigue habitualmente un deporte de competición sabe que nada de eso se improvisa. Detrás de las primeras semanas existe una planificación, una periodización de las cargas y una programación que intenta ordenar el camino desde el regreso a la actividad hasta el comienzo de la competición.

 

Esa parte del trabajo resulta ya bastante reconocible. Se entiende que quien prepara físicamente no llega cada mañana con una colección de ejercicios elegidos sobre la marcha, sino con una idea previa de qué capacidades deben desarrollarse, en qué secuencia, con qué progresión y en coordinación con las exigencias técnicas y tácticas del deporte. Mucho menos conocida es otra dimensión de la planificación que hoy resulta igualmente decisiva: antes de comenzar hay que determinar qué se va a medir, qué no merece la pena medir, cómo se obtendrán esos datos, con qué frecuencia y para qué decisiones se utilizarán.

 

La valoración de la condición física nunca ha sido una novedad en la preparación física. Conocer el punto de partida de cada deportista, comprobar su evolución y detectar limitaciones ha formado parte de esta actividad profesional desde mucho antes de que aparecieran los actuales sistemas de posicionamiento, las plataformas portátiles de fuerza o los dispositivos que registran variables fisiológicas durante el entrenamiento. Las pruebas de esfuerzo, los test de campo, las mediciones antropométricas o las evaluaciones de fuerza y velocidad ya ofrecían información imprescindible para programar y revisar el trabajo.

 

Lo que ha cambiado no es la necesidad de valorar, sino la amplitud de aquello que puede conocerse y la continuidad con la que puede hacerse. Antes, gran parte de la información se obtenía en momentos concretos: al inicio de la pretemporada, al finalizar un bloque de trabajo, antes de una competición importante o durante una revisión periódica. Aquellas fotografías del estado de cada deportista siguen siendo útiles, pero ahora pueden completarse con una secuencia mucho más extensa de datos. Es posible observar qué carga externa ha soportado en cada sesión, qué respuesta interna le ha producido, cómo ha evolucionado su capacidad neuromuscular, qué percepción tiene de su fatiga o de su recuperación y de qué manera responde a la acumulación de entrenamientos y competiciones.

 

También se ha ampliado enormemente el repertorio de pruebas disponibles. Una evaluación de fuerza puede ofrecer hoy información que va mucho más allá del peso levantado o del resultado final de un salto. Una plataforma permite analizar cómo se produce la fuerza y en qué momentos aparecen determinadas diferencias; un encoder ayuda a seguir la relación entre carga y velocidad; los sistemas GPS o de posicionamiento local registran desplazamientos, velocidades, aceleraciones y exposiciones específicas; los sensores inerciales permiten aproximarse a movimientos que antes eran difíciles de cuantificar; y el análisis de vídeo incorpora herramientas cada vez más accesibles para estudiar acciones técnicas y mecánicas concretas.

 

A esta capacidad tecnológica se suma un conocimiento científico mucho mayor sobre la utilidad y las limitaciones de los distintos indicadores. Hoy se comprende mejor que un dato aislado rara vez explica por sí solo el rendimiento, la fatiga o el estado de salud de un deportista. Lo relevante suele aparecer en la relación entre varias informaciones, en su evolución temporal y en la respuesta particular de cada persona. Una misma carga externa puede provocar respuestas internas diferentes; una reducción puntual del rendimiento puede ser irrelevante o constituir una señal que merece atención; y una combinación de marcadores puede aconsejar revisar el entrenamiento sin permitir, por ello, predecir de forma automática una lesión.

 

Precisamente por eso, disponer de más tecnología no simplifica necesariamente el trabajo. En ocasiones lo vuelve más exigente. Cada dispositivo puede generar decenas de variables y cada prueba producir resultados que parecen importantes por el simple hecho de estar disponibles. Pero la posibilidad de obtener un dato no demuestra que sea necesario recogerlo. Antes de incorporarlo al seguimiento hay que preguntarse si mide realmente lo que se pretende conocer, si lo hace con suficiente fiabilidad, si es sensible a los cambios relevantes, si puede repetirse en condiciones comparables y, sobre todo, si su resultado modificará alguna decisión.

 

Imaginemos que una plantilla regresa a la actividad y el cuerpo técnico dispone de GPS, plataformas de fuerza, cuestionarios de bienestar, registros de sueño y diferentes test de velocidad y resistencia. La decisión profesional no consiste en utilizarlo todo. Tal vez en ese deporte y en ese momento resulte prioritario conocer la exposición progresiva a esfuerzos de alta intensidad, mientras que otras variables apenas añadirían información útil. Quizá determinado test sea excelente en condiciones de laboratorio, pero poco viable si exige interrumpir con frecuencia el trabajo colectivo. O puede que un indicador aparentemente sencillo, recogido de manera constante y comprendido por las y los deportistas, permita ajustar mejor las sesiones que una batería compleja aplicada sin una pregunta clara.

 

Por eso, la planificación de la preparación física contiene hoy una segunda arquitectura que no siempre se ve. Junto al plan de entrenamiento existe un plan para obtener e interpretar la información que permitirá revisarlo. Ambos deben estar conectados. No tiene sentido medir una variable si no se ha previsto qué decisión podría cambiar en función de su resultado, del mismo modo que tampoco conviene esperar a que aparezca un problema para preguntarse qué información habría sido necesaria para detectarlo antes.

 

Esta lógica acompaña al deportista desde la pretemporada durante toda la campaña. Al comienzo puede servir para conocer cómo regresa después del periodo de descanso, establecer referencias individuales y ajustar la progresión inicial. Más adelante permite comparar la respuesta a diferentes tipos de sesión, gestionar semanas con distinta densidad competitiva, controlar la recuperación tras una lesión o valorar si se mantienen las adaptaciones buscadas. La programación deja así de ser una previsión que simplemente se ejecuta y pasa a comportarse como un proceso que se corrige con información nueva.

 

Esa corrección no persigue únicamente evitar lesiones, aunque ese sea uno de los grandes temores que acompañan a la preparación física. También pretende prevenir la acumulación inadecuada de fatiga, reducir el riesgo de sobreentrenamiento, comprobar si el estímulo es suficiente y acercar a cada deportista a su mejor estado de rendimiento en el momento oportuno. A veces los datos aconsejarán reducir una carga; otras mostrarán que el o la deportista puede asumir más de lo inicialmente previsto. En ambos casos, medir solo tiene sentido cuando permite adaptar.

 

Aquí se encuentra una de las diferencias más claras entre manejar tecnología y ejercer profesionalmente las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Utilizar un dispositivo puede aprenderse mediante un protocolo. Decidir si conviene usarlo, seleccionar las variables relevantes, reconocer sus limitaciones, interpretar los resultados junto con el resto de la información y convertirlos en una decisión exige integrar conocimientos de fisiología, biomecánica, teoría del entrenamiento, análisis del rendimiento, metodología y estadística. El valor profesional no reside en producir más datos, sino en construir con ellos una explicación suficientemente buena para actuar.

 

No resulta extraño que en numerosos entornos anglosajones de alto rendimiento se haya extendido la denominación sport scientist. No significa que la preparación física haya dejado de ocuparse del entrenamiento ni que el o la profesional deba encerrarse entre pantallas y hojas de cálculo. Refleja que una parte creciente de su trabajo consiste en aplicar conocimiento científico a problemas concretos: formular una pregunta, elegir cómo responderla, interpretar la evidencia disponible y revisar la intervención a partir de lo observado.

 

Tampoco desaparece por ello la dimensión educativa. Un deportista que comprende por qué se registra una determinada variable, qué significa su evolución y cómo se relaciona con sus sensaciones aprende a conocer mejor su cuerpo. Puede distinguir entre el cansancio esperable y una señal que conviene comunicar, comprender por qué una sesión se modifica o reconocer qué hábitos favorecen su recuperación. Desde la preparación física no solo se ajusta el proceso desde fuera; también se ayuda a que cada deportista participe en él con mayor autonomía y conciencia corporal.

 

En un contexto en el que la capacidad para medir no deja de crecer, el verdadero valor profesional reside cada vez más en el conocimiento que permite seleccionar, interpretar e integrar esa información con criterio científico. Por eso, en preparación física no puede reducirse la valoración de la condición física a la aplicación de tecnologías o protocolos, sino que se trata de una intervención sustentada en las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte y ejercida por quienes han adquirido la formación universitaria necesaria para convertir los datos en decisiones que optimicen el rendimiento, protejan la salud y acompañen el desarrollo integral de cada deportista.

 

 

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